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lunes, 4 de mayo de 2009

HOJAS DE VIDA - HOLA PACO


Nunca pude saludar ni dirigirme a Francisco Igartua con esos términos, como todo el mundo lo hacía. Hasta los practicantes le decían "hola Paco", "sí Paco", "ok Paco" o "de ninguna manera Paco". Supongo que esto se debía a mi respeto reverencial por Don Paco, el Director del semanario Oiga, la revista donde me inicié en el apasionante mundo del periodismo.

Es curioso, pero igual me ocurre con Enrique Zileri, a quien tampoco pude decirle Enrique. Estoy seguro que si lo vuelvo a encontrar seguiría diciendole Don Enrique. Francisco Igartua y Enrique Zileri son los periodistas que más admiro y siento que cada trabajo que hago sigo haciéndolo para ellos.

EDUARDO RODRIGUEZ - HEDUARDO

domingo, 1 de marzo de 2009

JOSE LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO – PATRIARCA DE LA DEMOCRACIA – por Francisco Igartua

Jose Luis Bustamante y Rivero

UN día de enero del año 1894 nacía en Arequipa, en el seno de una familia numerosa, un niño que con el tiempo llegaría a ser patriarca de la democracia en el Perú. Hallábase agitada la vida política en aquella época y ya se apreciaban los prolegómenos de la crisis que culminarían poco después con el sangriento '95 con balas', inicio del primer caso firme hacia la institucionalidad democrática en el país; paso que dos décadas después, arbitrariamente, fue detenido por la voluntad de aquel prestidigitador de los apetitos populares que fue Leguía. Al nacer, José Luis Bustamante ni siquiera sospechó que él sería el intelecto en el derrocamiento del tirano y, más tarde, el iniciador, en 1945, en el '95 sin balas', de un segundo paso –desgraciadamente fallido- hacia esa institucionalidad democrática. Paso o empresa que todavía no cesa de entusiasmar a muchos peruanos. Se trata de una lucha, por la libertad y la democracia, en la que resuena con frecuencia el mensaje de don José Luis Bustamante y Rivero. Un mensaje que lo sobrevive, que ha quedado profundamente grabado en la memoria del Perú. El mensaje de un hombre que, al cabo de noventa y cinco años fecundos de existencia, nos dejó como legado su larga, persistente e inconclusa lucha por la democracia y el derecho, por el imperio de la ley y de la tolerancia, por la preeminencia de la razón en un Perú descentralizado, con justicia social y desarrollo basado en el respeto al orden jurídico, en el imperio de la ley y no en la voluntad de un ciudadano.

Hoy, en medio de las pobres ceremonias en su homenaje -¡cómo no han de ser pobres los homenajes al patriarca de la democracia en el Perú dictatorial y chicha que vivimos!-, me vuelve a venir con insistencia al recuerdo y a la vista la figura del doctor Bustamante cuando, con sombrero en mano, elegantemente vestido -con esa verdadera elegancia, la que no se nota-, caminaba por las calles del centro de Lima, luciendo la misma dignidad y sencillez con que cruzaba, años atrás, los portales de Arequipa, sea para acudir a la universidad del gran padre San Agustín, a su estudio de abogado o algún cenáculo literario. Tampoco, en ese entonces, era extraña su presencia en conciliábulos donde, medio a oscuras y cuchicheando, se conspiraba para derrocar al tirano. Iban a comenzar los años treinta y un comandante impaciente y audaz había llegado a Arequipa dispuesto a encabezar la rebelión ciudadana contra la dictadura. Letrado y militar aunaron propósitos.

Bustamante fue la mente y la pluma de esos afanes conspirativos que estallaron en revolución victoriosa, en gesta cívica más que militar; en hecho histórico que lleva impresa su huella de poeta metido a político, de hombre sensible no sólo a las musas sino a las angustias ciudadanas y a los afanes libertarios del pueblo. En el Manifiesto de Arequipa de 1930 está grabado su estilo, galano y severo, y se siente su evangélica preocupación por los humildes y desposeídos. En ese Manifiesto, que no lleva su firma, se descubre al hombre apasionado que se escondía en la atildada presencia física del doctor don José Luis Bustamante y Rivero, el inicial ministro de Justicia del comandante Luis M. Sánchez Cerro, de quien discretamente se apartó cuando la irracionalidad comenzó a hacerse dueña y señora de la política peruana.

Bustamante -don José Luis- fue un hombre digno. Digno en el hablar, digno en el vestir, digno en el actuar, digno en el trato con las gentes, digno al gobernar y, si fuera posible adentrarse en las almas, tendría que añadir: digno en el pensar. Fue un varón ejemplar, un hombre íntegro, y no la persona blanda, débil, sin carácter, que creen algunos y muchos evocan. Dentro de sus modales afables, su exquisita cortesía, su correctísimo hablar, había sí una incomparable sencillez, que no es lo mismo que blandura o humildad. Bustamante era orgulloso y apasionado, pero nada había en él del mezquino orgullo de las gentes sin respeto a su propia dignidad y sus pasiones no escondían bajos apetitos ni ruindades. Era orgulloso como los caballeros medievales; su orgullo le servía de centinela de su honra. Y su pasión era evangélica, término que él acuñó ante la multitud en el estadio Nacional, en 1945, para referirse a las inquietudes sociales de las izquierdas, cuando parecía que el destino ¡por fin! iba a ser bueno con el Perú y olvidaría que nos tiene condenados a los infortunios de la tragedia antigua.

Desde sus alturas de filósofo de la historia, de literato, de jurista, Bustamante tuvo honda preocupación por el pueblo, por los peruanos analfabetos y mal alimentados, condenados a la miseria, aunque jamás cayó en tentación demagógica alguna. Quién sabe fuera Bustamante demasiado tímido. De allí su actitud distante frente a la multitud. Fue político a pesar de que no lo pareciera, y político apasionado. O sea que ponía calor en sus ideas, emoción en sus actos, persistencia en sus actitudes; que otra cosa, ajena a don José Luis, es la alharaca, el escándalo, la estridencia.

Me viene a la mente, por ejemplo, los años setenta y ocho y setenta y nueve, cuando unos cuantos ciudadanos luchábamos por lograr que los medios de expresión confiscados por la dictadura volvieran a ser libres. No eran días fáciles, pero tampoco demasiado riesgosos. Sin embargo, muchas personalidades se negaban a poner su firma en los documentos que, reclamando libertad de prensa, poníamos en circulación con cierta regularidad; por lo que, para disipar temores y alentar vanidades, se estableció la costumbre de comenzar por recabar las firmas de los doctores José Luis Bustamante y Jorge Basadre, personajes que desde años atrás gozaban de altísimo prestigio y se habían convertido en intocables, en los patriarcas de la República. Fue así que, en una de esas ocasiones, me tocó presentarme en casa del doctor Bustamante con un documento que yo había redactado. Como siempre me recibió con suma amabilidad y, luego de las explicaciones de rigor, leyó el escrito y, con esa suprema cortesía que hacía que se le notaran más los bigotes, me respondió:

-Mire usted, amigo Igartua, yo firmaría de inmediato este documento y si usted me insiste lo haré, pero creo que la dureza de algunas palabras no le dan mayor vigor al alegato; sin ellas, me parece, el escrito resultará más eficaz sin perder fuerza.

El doctor Bustamante tenía toda la razón. La estridencia -que sólo puede ser pasable en momentos desesperados, como los de ahora, de extrema abulia en la ciudadanía- no le añadía potencialidad a la protesta, se la restaba. Cumplí, pues, su consejo y el documento resultó ser uno de los mejores y más sonados -también de los más inútiles- alegatos en contra de la persistencia de la dictadura en mantener confiscadas a la prensa diaria, a las radios y a las televisoras. Sólo en 1980, cuando se reeditan las jornadas libertarias del 45, es que el presidente recién electo, Fernando Belaunde, firma la resolución que devuelve los medios de expresión a sus legítimos propietarios (salvo el caso de los talleres de OIGA, hasta ahora en manos de sus usurpadores).

Bustamante no fue un literato metido a jurista y a político, como podría parecer si se admitiera -lo que no es cierto- que tuvo una visión poética de la ley y de la política. Fue las tres cosas al mismo tiempo, en las tres brilló con luz propia, sin demasiadas entremezclas.

La opinión pública en general y también la de muchos comentaristas ha sido y es injusta con Bustamante el político. En buena parte por falta de sensibilidad para captar una personalidad infrecuente en nuestro medio y en nuestro tiempo; y también por ignorancia de lo que el Perú requiere y de lo que el doctor Bustamante y Rivero planteó en sus distintas incursiones en la vida política nacional, no sólo como conspirador en el Manifiesto de Arequipa y como presidente de la República en 1945, sino, como ciudadano, en sus varios y orientadores mensajes al Perú. Bustamante entendió siempre -y entendió muy bien- que el Perú necesitaba y necesita, como cualquier pueblo, estabilidad; pero no la estabilidad forzada, producto de la dictadura -que siempre es pasajera- sino la estabilidad que surge de un sistema legal respetado y respetable, continuado, sin constantes variaciones, además de moderno y acorde con las exigencias de justicia social de la hora.

Bustamante deslumbra políticamente con el Memorándum de La Paz, documento que le sirve de contrato para aceptar la candidatura a la presidencia por el Frente Democrático Nacional de 1945 y para puntualizar lo que su gobierno haría y lo que no estaría dispuesto a hacer. En ese memorándum Bustamante señala con meridiana claridad lo que el Perú reclama y lo que él como presidente puede y debe hacer: sentar las bases, los cimientos de una democracia que nos diera la estabilidad jurídica, social y política que andábamos y andamos buscando desde la fundación de la República. Explícitamente ofrecía un gobierno que fuera etapa de transición hacia esa meta concreta, que era lo realista, lo posible. Y no soñaba con ilusas revoluciones sociales ni planeaba obras públicas faraónicas. Su gobierno debería ser la transición de la anarquía y el autoritarismo infecundo -situación normal en el país- a un orden jurídico estable, democrático, tolerante, punto de partida para un sólido desarrollo económico y social. Nada más y, también, nada menos.

El Perú no entendió a Bustamante presidente de la República. Y menos que nadie, por torpe impaciencia, lo entendió el Apra; que no se dio cuenta que el planteamiento realista del doctor Bustamante y Rivera -propio de un Político con mayúscula- sólo podía tener como inmediato beneficiario al único partido organizado en ese entonces y que, por lo tanto, el seguro continuador del régimen democrático iba a resultar siendo Víctor Raúl Haya de la Torre. Aunque, si los planes de Bustamante tenían éxito, Haya quedaría obligado a ser continuador no de las trágicas y sangrientas disidencias de los años treinta ni del autoritarismo siguiente, sino continuador de un régimen legal bien establecido, democrático, de verdad abierto a todas las modernas tendencias económicas y políticas, muy alejado de "sólo el aprismo salvará al Perú".
El Perú no entendió que le había llegado la hora de civilizarse, de alcanzar seguridad jurídica, de poner las piedras de los cimientos para el desarrollo futuro. Unos quisieron que Bustamante hiciera el papel de mandón -que no era el ofrecido por él ni el que su temperamento podía desempeñar- y otros le exigían ponerse a sus órdenes, como si la presidencia de la República pudiera ser una especie de lacayaje al servicio de los partidos con poder o de los poderosos con grandes intereses. Nadie comprendió que no era hora de enjuagues, de quimbas ni de quiebres de cintura o de látigo. Que por demasiados latigazos dictatoriales y por excesivas criolladas, por tanta politiquería, el país estaba -y está- fatigado, exhausto, caminando al filo del abismo.

Bustamante tenía un alto concepto de la actividad política -para él la política era un apostolado laico- y le era, por lo tanto, repulsivo el teje y maneje de las repartijas electorales, del menudo toma y daca, de la política rebajada al juego de intereses personales. En esta cuestión clave para entender a Bustamante político tuve ocasión de ser testigo de excepción en una de sus ejemplares actitudes.

Corría el año 1944 o comenzaba 1945 -más seguro lo primero que lo segundo- y yo era un joven universitario hacía poco iniciado en el periodismo. Por razones de amistad acudía con frecuencia a la hora del almuerzo a la casa de la familia Pastor Bebin, íntimos de los Bustamante y sus anfitriones cuando el entonces embajador del Perú en Bolivia visitaba Lima.

Una tarde llegó don José Luis con gesto adusto. Horas antes había salido acompañado por el doctor Roberto Mac Lean, amigo y representante del presidente Manuel Prado en gestiones de muy alto nivel.

Sentados a la mesa, al momento de servirse, el doctor Bustamante lanzó, como desahogándose, este brevísimo comentario:

-Es lastimoso que en un país -se refería al Perú, su patria bien amada-, se pueda ofrecer la presidencia de la República en bandeja de plata, como si fuera un manjar que se reparte desde lo alto y no un deber que cumplir requerido por los votos del pueblo.

Bustamante acababa de llegar de Palacio de Gobierno, después de haber declinado -seguramente con irreprochable cortesía, pero también con altiva dignidad y firmeza- la candidatura a la presidencia que le ofrecía Manuel Prado.

Este es el Bustamante político. Hombre íntegro, de firmes convicciones -sin hacer gala de ellas-, que sabía estar con el reloj a la hora, perfectamente enterado de las corrientes emocionales e ideológicas que se producían dentro y fuera del país. Un político dispuesto a hacer patria enseñándonos a emplear la ley, el respeto a la legalidad, como fundamento de la estabilidad económica, moral y política. ¡Y pensar que se le acusó de ser un espíritu demasiado elevado para comprender la realidad! Unas pobres gentes apenas hábiles en las marrullerías de la política de campanario, responsables por lo demás de buena parte de los males nacionales e ignorantes de nuestras necesidades, se atrevieron a referirse a la calidad de jurista y de poeta de Bustamante para apostrofarlo, injuriarlo y negarle título para ser presidente del Perú.

Para OIGA, estos días de centenario, de homenaje al doctor José Luis Bustamante y Rivero, al patriarca de la democracia peruana, son de profunda meditación en su mensaje, continuador del legado de ese otro patriarca de la democracia, el héroe del 95 con balas, don Nicolás de Piérola. De meditación y de recuerdo. ¡Cómo olvidar en esta casa a Bustamante! al político ejemplar y al ser humano de espíritu refinadísimo, increíblemente tierno en confidencias enternecedoras sobre el cariño a los suyos y a su Arequipa ancestral, a la vez que frío y sosegado en sus consejos, atinado en sus advertencias y hasta duro -aunque jamás altisonante- en el momento del enfrentamiento por sus ideas.

Lo veo, siento casi el calor de sus manos en mis manos, cuando hace cuatro o cinco años atrás subió las estrechas escaleras de mis oficinas de San Isidro para saludarme, no recuerdo con qué motivo, y alentarme a seguir en la pelea. A no cejar en el combate. A tener siempre presente que, en cualquier situación de litigio -sea político o laboral-, mientras no se restablezca primero el imperio de la ley, no habrá trato que pueda ser estable ni fecundo. A no olvidar que, al poner de lado a la legalidad, se abren las puertas de la dictadura o de la anarquía, de la disolución nacional.

Huella demasiado honda dejó en esta casa el doctor don José Luis Bustamante y Rivero. Jamás podré olvidar que OIGA nació hace cuarenta y seis años -noviembre de 1948-, en una de las tantas horas luctuosas de esta infortunada patria, con un propósito muy preciso: dejar escuchar un grito de protesta -por eso se llama OIGA esta revista- por un hecho inicuo que acababa de producirse en el Perú. El presidente constitucional, el intachable político, el literato de madrigales y pulquérrimas prosas, el sabio jurista que respondía al nombre ya ilustre de José Luis Bustamante y Rivero, había sido derrocado por la soldadesca -pagada por la misma derecha que hoy, en 'Expreso' reivindica a Odría y a Prado como adelantados de Fujimori-; derrocado bajo la acusación de "no haber reparado el techo de un cuartel en Huancané". Así, como se lee: ¡porque, en Huancané, había un cuartel con el techo dañado! tuvo que salir de Palacio, por la imposición de las armas, el doctor Bustamante, el hombre que le dio al Perú las 200 millas marinas, el renombrado jurista que años después llegaría a la presidencia de la Corte Internacional de La Haya.

Contra esta vergüenza, contra semejante aberración que ofende a la inteligencia y al decoro moral, para reparar en algo el descrédito peruano, es que el juvenil grito de OIGA salió a las calles en 1948.

Más tarde no fueron pocos los momentos de emoción cívica y de comunión de ideales que viví cerca del doctor Bustamante: Notas del destierro, el mensaje al Perú, su retorno triunfal a la patria. En todas esas circunstancias estuve en primera fila, fui testigo directo y protagonista de los acontecimientos. Me tocó ser responsable ante la dictadura por esas publicaciones. No me corrí del puesto de combatiente por la libertad que el destino me fijó al lado de Bustamante, del jurista y poeta que alzó la bandera del 45 y le dio conciencia y nombre a mi generación.

martes, 27 de enero de 2009

ANDANZAS DE FEDERICO MORE - Prologo - por Francisco Igartua

Federico More

UNA inteligencia despierta, vivaz, a la vez que desbordante, indisciplinada y bohemia, aunque muy bien cultivada, como fue la de Federico More, no es de extrañar que, inútilmente, hubiera intentado muchas veces sistematizar su pensamiento en una obra orgánica, en un libro cumbre, en una suma que redondeara sus ideas, siempre un tanto atrevidas, sobre la vida, el mundo, el hombre peruano y su porvenir, sobre el buen ordenamiento de la sociedad, sobre la poesía del atardecer y la suciedad de la política. No lo logró, porque sistematizarse hubiera sido negarse a él mismo: un anarquista del pensamiento. Pero hombre de trabajo, dentro del desorden de su azarosa existencia, escribió y escribió angustiosamente, con apuro, dejando impreso un reguero desparramado de artículos, folletos, libros, ensayos, prólogos... Con algunos de ellos, que son los más representativos de su obra, en un resumen que, como toda tarea humana, es cien por cien subjetiva, he formado estas Andanzas de Federico More. Son las Andanzas por las tierras del Perú, de América y de la literatura universal de un espíritu excepcionalmente dotado para pensar y juzgar, para exhibir inteligencia, para jugar con las palabras y entregarse al devaneo de las ideas, para coger la lanza y lanzarse locamente, desbocadamente, al campo abierto de la polémica sin cuartel.

Las Andanzas de Federico More están llenas de pasión y desbordes como su espíritu; y su obra es variada, muchas veces luminosa como el sol de mediodía y, otras, embellecida por ocasos y auroras con reminiscencias paganas. Enceguecido por la luz de la diosa actualidad, More no pudo aquietar el potro desbocado que llevaba dentro y no dejó -repito- un trabajo orgánico, meditado, hecho con el sosiego de los que ven pasar el tiempo pensando en el mañana.

Federico More vivió escribió, apasionadamente, al día. Fue ante todo y sobre todo periodista, aunque pienso que nunca dejó de amar a las musas de su juventud, que jamás perdió el regusto por la poesía, esa diosa que le hizo captar su cuna puneña, el Ande, con singularísima sensibilidad. Esas alturas cercanas a las estrellas a las que les dedicó esta frase precisa y bellísima -cito de memoria-: «Aquí nació el silencio, aquí se siente el olor de un cuerpo en celo». No recuerdo los versos anteriores ni los que siguen y me ha sido imposible hallar la poesía completa en la selva de periódicos donde he estado siguiendo la huella de Federico More, periodista insigne de quien, sin embargo, los peruanos de menos de cuarenta años poco o nada conocen. La obra del periodista, como él lo dijo, «tiene fama frágil y dura apenas horas»... Salvo excepciones. Naturalmente. Una de ellas resonante, singular y variada es la de Federico More. Y aquí está justamente este libro para confirmar la excepción.

En uno de los capítulos que siguen hallará el lector un ensayo de More que sonará algo extraño y que años atrás pocos habrán entendido: es la visión premonitoria de lo que sería el periodismo del futuro, el de hoy, ese periodismo chato, sin aliento orientador, sin calidad ni ánimo literario, algo similar a la comida masticada, a las píldoras alimenticias de los astronautas. More lo describe como un inmenso archivo donde se puede hallar la tarjeta correspondiente a una boda fastuosa, a un robo al escape, a una intervención parlamentaria sobre educación física o sobre defensa ecológica de un río o de la ciudad capital. Todo estará allí ya redactado. Sólo quedará por hacer el trabajo de colocar los nombres de las personas y lugares del hecho recién ocurrido.

En otras palabras, Federico More prevé la muerte pronta del periodismo que él amó y realizó con extrema calidad, ese arte y oficio íntimamente relacionado con la literatura y con la política entendida como sacerdocio cívico —esa prensa que brilló como lucero esplendente en el siglo pasado y la primera mitad de éste—, vislumbrando a la vez el periodismo de nuestros días: transformado en un negocio que puede confundirse con la fabricación de salchichas o zapatillas, si no fuera porque los medios de comunicación masiva —ya no se dice simplemente «prensa»— dan cierto lustre político y son instrumentos de poder que pueden auxiliar a otros negocios; sin perder su propio valor cotizado en bolsa. El periodismo en sí, aquel del bien decir, defensor de valores morales y cívicos, importa menos o nada. Por lo que si hay interés es por las «primicias», porque ellas significan mayor «rating», aumento, en el precio bursátil de las acciones de la empresa. Y esas primicias hay que conseguirlas por encima de todo, hasta de la propia honra o del prestigio patrio. El resto de la edición sale de los anaqueles que describe More, aunque anaqueles cada vez más sofisticados por la computación y la apabullarte tecnología electrónica, siempre con una novedad en la mano.

Me parece que el periodismo escrito, en el que pasó su vida More y nos sigue interesando a unos pocos periodistas —cada vez menos—, tendrá un mañana distinto, quién sabe salvador de ese arte y oficio que hoy está desapareciendo. Creo que en cada una de las ciudades de la geografía mundial sobrevivirá un diario, un periódico de servicios, de información local, de especializaciones. Por lo general, aquellos que han sabido sobrevivir amparados en una tradición familiar. Y me parece que el antiguo oficio de hacer arte con la actualidad, la tribuna de los comentarios agudos, orientadores, placer de los lectores, el periodismo de a verdad independiente, encontrará boya de salvataje en periódicos bisemanales, de pocas páginas y bajo costo, sin los lujos de las revistas y sin la carga de los servicios que debe ofrecer el diarismo moderno.

¿Será ilusión lo que escribo, será nostalgia de los años que acompañé a Federico More en esas pequeñas imprentas que eran refugio de bohemios? ¿Estaré hablando de un futuro cierto?

Aquí queda la idea, la propuesta, para la reanimación de un pasado en agonía —no en el sentido de la agonía unamuniana— que algunos quisiéramos reviviera.

More, como ya he dicho, fue poeta, literato de altísimo nivel, ensayista luminoso. Fue, según César Vallejo, el prosista de su generación. Usó con fiabilidad extrema el robusto idioma de Cervantes y Quevedo y no dejó de ser admirado, como crítico literario, por José Carlos Mariátegui, el más respetado de sus amigos de la «generación Infortunada» como tituló More a su generación. «La generación que se abre, cronológicamente, con hombres de la edad de Leónidas Yerovi y se cierra con hombres de la edad de José Carlos Mariátegui... Basta escribir o pronunciar estos dos nombres para comprender el inmenso infortunio, el signo adverso que pesa sobre aquella generación, la más brillante que ha producido el Perú, la más literaria, la de más completa sensibilidad; y la única que no ha logrado, ni a medias, decir su secreto de cultura, de emoción y de inquietud... Si juntos los nombres de Leónidas Yerovi y de José Carlos Mariátegui escribimos el de Abraham Valdelomar, la evocación dolorosa se completa»... Son éstos, párrafos del artículo escrito por More a la muerte de Mariátegui, quien había descalificado a More para la política llamándola «aristócrata de la inteligencia», distante de las multitudes. Definición acertada, que a More no le mortificó, porque se sentía tan ajeno a los honores y glorias oficiales como a las inquietudes de las masas. Aunque sí le preocupó -y muchísimo- la política; de la que fue apasionado seguidor, aunque no como aspirante a presidente, ministro o diputado, sino como observador comprometido, como orientador de la opinión pública, como periodista, y no como conductor de multitudes, a las que, sin duda, detestó y a las que diferenció magistralmente del pueblo en su libro «Una multitud contra un pueblo». Sus mejores prosas son políticas y políticos son la mayoría de sus ensayos. Sus inquietudes están trazadas precisamente en ese bello artículo de adiós a Mariátegui. «En el entierro va a hablar Ezequiel Balarezo Pinillos, Gastón Roger, que es uno de los pocos sobrevivientes de esa generación, la generación infortunada, la que expresa, mejor que cualquiera otra de las formas de la vida nacional, el hondo y grave fracaso de nuestro espíritu en la marcha hacia la cultura y en el sacrificio por una norma de puro y eficaz idealismo. Estoy seguro que Balarezo sabrá evocar, ante la tumba precoz de Mariátegui, el dolor de todos nosotros, el dolor de él mismo, el vasto dolor de cuantos sabemos todo lo que pudimos realizar y todo lo que una sociedad inerte e injusta no nos permitió cumplir».

Discípulo ferviente de Manuel González Piada -con quien mantuvo estrecha relación durante años-, fue en su juventud un iconoclasta, casi un incendiario; y lo siguió siendo en la mocedad, cuando no se le llamaba señor More o don Federico, sino el «Loco More», según cuenta Adán Felipe Mejía, «El Corregidor», en una sabrosa crónica de recuerdo sobre los encuentros bohemios de Yerovi y Moro, cuando éste, junto a Valdelomar, era portandarte de los colónidos, aquellos hombres que soñaron con cambiar al Perú modernizando el pensamiento de su clase intelectual. Su devoción por González Prada llegó en un momento al delirio, pero fue asordinándose con el tiempo hasta llegar a afirmar que el ídolo de su niñez y juventud no pasó, ideológicamente, de ser un ingenuo comecuras. Siempre, sin embargo, lo siguió admirando como literato.

Con esa afirmación y sólo una parte de su antigua devoción a González Prada, además de un odio concentrado a la Lima voluptuosa y virreynal, sede de una plutocracia sensualizada e inepta, incapaz de dirigir al país, sale More al destierro en época de Pardo. Son doce años de peregrinación por América Latina, haciendo periodismo, escribiendo ensayos, viviendo de su pluma. Nueve de esos años los pasó en Buenos Aires, donde logró una expectable situación en la prensa argentina. Dejó allí, sobre todo en «La Razón» y en la «Crítica» de Natalio Botana, muy en alto el nombre de Federico More.

Allí también lo siguió su pasión más persistente, la que, cosa curiosa, nunca lo abandonó, a pesar de su sobresaltada vida periodística: la poesía. En Buenos Aires, entre 1922 y 1923, Federico More dedica buena parte de su tiempo a poner en contacto a los lectores hispanos con la poesía alemana que va de Vogelweide a Rilke. Este trabajo lo realiza con la ayuda del doctor Alberto Haas, quien le entregaba unas traducciones muy literales, a las que More les daba «versión rítmica española». Algunas de las traducciones de Rilke no llegan a publicarse en Buenos Aires y la «Canción del amor y de la muerte del corneta Cristóbal Rilke» recién aparece en «La Revista Semanal», en Lima, en 1931. El artículo de More titulado «Noticias críticas sobre poesía germánica -Meyes y Storm, dos poemas terminales anunciadores», publicado en «La Razón», en julio de 1923, es considerado según Estuardo Núñez como uno de los mejores comentarios hechos en lengua castellano sobre dichos escritores y poetas.

Pero la atracción de la patria, de «La única tierra cuyo contacto nos fortalece», no lo abandona. Y pasa a Bolivia para estar más cerca del retorno al Perú. En esa época aparece un libro, «El tirano en la jaula», cuyo prólogo lleva la firma de Federico More. Un prólogo que, sin duda, es uno de los panfletos mejor escritos y más virulentos de la turbulenta historia política peruana. Pero el leguiísmo ve la mano de More no sólo en las tremebundas imprecaciones del prólogo. También le achaca -posiblemente sin equivocarse- el título del libro y algunas acciones conspirativas. El hecho retarda su regreso a la tierra patria.

Estamos en La Paz, ciudad a la que Federico More siente como suya, tan próxima a su Puno natal como a su sensibilidad humana. Allí, presentado por el gran novelista boliviano Alcides Arguedas, More, triunfador de los Juegos Florales, tuvo la satisfacción de leer ante una multitud su «Canto al Illimani», el monte tutelar de la capital boliviana:

En una mañana de rosas, transparente,
le nacieron orillas al Mar... y fue la Tierra
y en el temblor violeta de las arenas grises…
Viento y Luz, nupcialmente,
dieron vida a la Nieve y a la Sierra,
árbitros de fantásticos países.


Su retorno al Perú es apenas anterior al huracán que irrumpe con la revolución victoriosa de Arequipa (agosto de 1930). More llega a Lima en noviembre de 1929 y en «Mundial», la revista que junto a «Variedades» acapara la lectura de los peruanos, deja estampada su personalidad periodística. Es el (colónido), que vuelve lanza en ristre, luego de doce años de exilio, aunque con el ánimo político un tanto apaciguado:

«Excesiva cortesía la de «Mundial» cuando, olvidando mi condición de periodista militante, quiso hacerme un reportaje Un periodista no es un ser periodístico y, por lo tanto, no es sujeto entrevistable. Como que el creador no puede resignarse a convertirse en su propia criatura.

-Pero -me dice, con fina amabilidad de antiguo camarada, Andresito Aramburú- es preciso que sepamos qué opina usted de su patria después de tan larga ausencia, después de estos doce años en los cuales han pasado tantas cosas.

-Está bien -le respondo-. Haré algo así como un auto reportaje. Siempre, para decir mis propias cosas, yo mismo he de resultar más eficaz y exacto que el más agudo de los reporteros. Escribiré un artículo que sea un conjunto de respuestas. Después de todo, en un reportaje, la pregunta es lo que menos vale, porque, cuando vale algo, se queda sin respuesta. ¿Acepta usted mi fórmula?

La fórmula es aceptada y aquí está el artículo. Cuando vengo a entregarlo, encuentro que, en la casa de «Mundial» aún vaga, por fortuna, la sombra gentil y sonriente, sagaz y benévola de don Andrés Avelino Aramburu que enseñó a tantos escritores a ser periodistas y a tantos periodistas a ser escritores. Aún subsiste aquel ambiente que supo crear don Andrés Avelino, aquel ambiente en que la charla y el trabajo, una laboriosa negligencia y una holgazana actividad se juntaban con rara elegancia, Aquel ambiente que era obra tanto del dandy como del escritor. Aquel ambiente que aún se perfuma con el epigrama y el ramo de violetas, los dos signos con los cuales el maestro dio discreta expresión a su ingenio y a su persona irreprochable. Pero ¿Y el Perú que he hallado al cabo de doce años de accidentada ausencia?
»

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«Todo aquel que, al cabo de una larga ausencia -más larga cuanto más dolida- pisa tierra de su tierra, siente que dentro de su personalidad nace un nuevo mundo, tanto más encantado cuanto más se parece al mundo antiguo, a ese que, a cierta altura de la vida, expresamos en estas dos maravillosas e indefinibles palabras: infancia, juventud. Después de todo, la vida está fabricada con tela de nuestro propio sueño. Cuando se ha vivido un poco, el sueño se asemeja mucho al recuerdo.

En realidad, doce años no son no los que quiere que sean su coeficiente de intensidad. Para un tuberculoso, doce años no valen lo mismo que para un artrítico. El político no tiene sobre el tema el mismo concepto que el comerciante.

En estos últimos doce años, no sé si el Perú ha vivido doce o cien: no importa el caso saberlo. Lo que sé es que ha vivido mucho. Hace tiempo que vengo trabajando en un libro que me parece será lo fundamental de todo mi obra literaria y se titula «Historia Política del Perú». Lamento no tener aquí mis apuntes y los capítulos ya escritos, a fin de releerlos y terminar de comprender hasta qué punto nos hemos transformado. A pesar de todo, voy a intentar una exposición rápida y sintética de mis impresiones sobre la actualidad. Debo decir que no guardo ni un rencor ni un odio. Ni siquiera un resentimiento. Casi no conozco a las personas y estoy fuera del mundo de los intereses. Procedo con objetividad intachable».

Su análisis, no siempre objetivo -nunca la pasión deja de desbordarse en More-, luego de puntualizar lúcidamente que «es incuestionable que la era preconstitucional del Perú no ha terminado, es decir que aún no hemos encontrado la forma de gobierno y el institucionaje que quedan convenirnos exactamente» y luego de historiar en apretada síntesis los períodos civiles y militares, se lanza furibundo, como en sus vehementes años juveniles, contra el civilismo: «Cuando se dice que Manuel Pardo fundó el civilismo y le dio vida, se dice algo pueril: Manuel Pardo lo único que hizo fue producir la guerra del Pacífico y dejarle la sucesión a un militar: dos hechos perfectamente anticiviles». Para More, no sin razón, «el civilismo se levanta, se funda y se engrandece gracias a la oligarquía». Esos oligarcas «miopes y vanidosos, mataron a Manuel González Prado y a Abraham Valdelomar; inmolaron a José Balta y esterilizaron a Nicolás de Piérola; entristecieron la juventud de Germán Leguía y Martínez y de Abelardo Gamarra; y se encogieron de hombros ante el singular ingenio de Florentino Alcorta, que tuvo que penalizarse —yo conocí el dolor de aquella vida— para no perecer. Mi generación, la generación infortunada por antonomasia, fue íntegramente disuelta en las hogueras inquisitoriales de la oligarquía».

Dice More en ese artículo o autoentrevista -de noviembre de 1929- que ha venido a la patria por pocos días. «No pasaré en Lima, quizás ni en otro sitio del Perú, la próxima semana. Ignoro cuando volveré». Lo cierto es que su anunció no se cumplió y se quedó aquí, en un país que ya vivía la agonía del oncenio leguiísta. Muy pronto el Comandante Luís M. Sánchez Cerro entraría victorioso a Lima, sin que muchos advirtieran, muy cerca del militar revolucionario, la presencia de José Luís Bustamante y Rivero, años atrás compañero de More en las tertulia literarias de Arequipa, aquellas que siguieron a la expulsión de More, embrión de periodista, de la Escuela Militar de Chorrillos, donde fundó un periódico para criticar al alto mando de la Escuela. Pero Bustamante no logró que el periodista se acercara al rebelde de Arequipa ni pudo él mismo mantenerse en la proximidad del poder. Fue un ministro fugaz, que regreso a su provincia espantado por lo que vio venir; mientras que More terminó por calificar a la época que siguió al triunfo revolucionario de «Zoocracia y Canibalismo», de ambiente incompatible con la inteligencia. Fueron tiempos revueltos, de disolución y oprobio, y él volvió a probar el amargo pan del exilio.

Federico More se sumergió en la vorágine nacional de aquellos años. Luego de su deportación a Chile, nunca más salió del Perú, como no fuera una visita accidental, como delegado de prensa, a Santiago o Buenos Aires. Aquí, en la Lima sensualizada que ayer odió y que entonces comenzó a adorar, se prodigó escribiendo contra esto y aquello. Pero ya estamos en los comienzos de la historia de nuestros días, agudamente vi seccionada por More en memorables notas editoriales y afilados ensayos, citados más de una vez por Jorge Basadre en su «Historia de la República».

Son escritos que van apareciendo en «El hombre de la calle», en «El Universal», en «La Revista Semanal», y en otras publicaciones de la época. Pero, sobre todo, en «Cascabel», su semanario, su aventura empresarial. Su «casa propia», que administró con el desorden bohemio en el que siempre vivió. Cuando sobraba dinero había que gastarlo en una gran farra, que se iniciaba con un almuerzo de mantel largo y servilletas grandes, de tela fina, que podía concluir dos o tres días después; y, cuando no había sino centavos, también alcanzaba algo para gastar, para vivir alocadamente sin pensar en el mañana. Era como si More advirtiera el futuro peruano con claridad de profeta y, desesperado, se entregara a vaticinarlo en sus fatigosas horas de trabajo en la redacción y a destruir su vida en los descansos: para no sufrir lo que vendrá, para rehuir de ese mañana sin honesta discrepancia ni pacífica convivencia, aspiración por la que bregó cada día con menos esperanza.

Es en esos años que aparece, juvenil y arrogante, el Apra de Haya de la Torre. Pronto advierte More el percal de engaño que hay en el Partido «de los asnitos» y se convierte, para siempre, en abanderado contra la mediocridad aprista. Cambia la dirección de sus dardos, aunque jamás olvida a su viejo enemigo: «En el Perú hay dos fuerzas que se oponen a la cristalización de las corrientes modernas y universales: el Civilismo y el Apra. El primero, carente de técnica y de espíritu de empresa, es un obstáculo en la marcha hacia el capitalismo. El segundo, imbricación rara de fascismo y de marxismo, es una rémora para el espíritu revolucionario. Vivimos dos etapas distintas y alejadas. Unos se encuentran como se encontraban los nobles, antes de la Revolución Francesa, sin reconocer los derechos del hombre; otros consideran que están en un estado comunista, sin percatarse que no hay aquí nada que revolucionar, sino mucho que organizar. Estamos entre dos fuerzas opuestas y, probablemente, iguales: la prueba de ello es que no caminamos».

¿Pueden ser más actuales las frases anteriores? Pero adentrémonos en More, leyendo a More en las diversas etapas de su vida y en las distintas facetas de su obra; sigamos en sus textos los pasos del siempre renovado pensamiento de More, hombre al que conocí y traté íntimamente en las postrimerías de su existencia terrenal. Personaje que dejó en mí una imborrable impresión por su inteligencia, su agudeza mental, sus conocimientos más íntimos vericuetos de la vida, por su amor a todo lo humano y a lo que fue más que su arte y oficio, su razón de ser, el periodismo.

Así despedí los restos mortales del maestro, del eximio orfebre en las artes de manejar el idioma, de captar la actualidad, de juguetear con las andanzas de la vida. Hoy no cambiaría una palabra de lo que ese día dije en el cementerio de Lima:

«Nada más doloroso que renunciar a alguien. Y henos aquí devolviéndole a la tierra el cuerpo del ingenioso y agresivo prosista que llenara, desde su mocedad hasta ayer, el lugar más destacado y bullicioso del periodismo peruano. Sólo para el mañana -señalando por campo toda América Hispana- ha dejado Federico More la tarea, demasiado ambiciosa, de poderlo igualar. Le gustó ser primero. Y lo fue siempre. Nadie usó de la pluma con la habilidad de él, nadie supo hacerse odiar y temer como él y ninguno habrá que haya gozado de la amistad más que él. Caballo desbocado, tuvo ideas demasiado emotivas sobre la realidad social y política; pero, asumió con desenfreno lo que creyó justo. Pasó la vida entreteniéndose en decir que lo que más amaba era un crepúsculo frente al mar, o el silencio infinito de su puna. Lo que siempre hizo fue vivir apasionadamente, buscando sin cesar una trinchera de combate, queriendo -en el mundo de las ideas- unir la luna con la tierra. Fue poeta, en lucha constante por hacer vivir a los hombres dentro de una libre y divertida discrepancia. Y por poeta, quiso ser político. Lo vencieron la poesía y el humorismo. Ese sutilísimo humorismo sajón que permite llorar bajo la risa. Vivió entre sueños encantados y chispeantes; que no le impidieron, sin embargo, que muy a menudo coincidiera, en su trágica angustia por su pueblo, con las multitudes, a las que detestó con convicción de aristócrata de la inteligencia. More no entendió la vida sin pelea... y ha caído peleando. Honra a la revista que fundé y dirijo el haber sido su última trinchera. Los que hemos estado hasta el fin a su lado, sabemos que no lo mató la muerte. Federico se dejó morir. En un país donde cada día es menos valorada la inteligencia; en momentos en que se han perdido hasta las buenas maneras -de las que él gustó tanto-; y cuando las posibilidades de rehacer la fe de su pueblo, a base del respeto a la discrepancia, se transforman en seguro temor de tener que continuar en obligada con vivencia, no creyó adecuado encontrar otro camino que el de dejarse morir. ¿Qué hacía él, eterno discrepante, en un mundo de silencio? Como sus amigos, los viejos griegos, se fue sonriéndole a la vida. Junto a Federico enterramos otra esperanza maltratada».

Pero los hombres que crearon belleza, que sembraron ideas, sobreviven a su envoltura terrena. Son como los gatos -animal al que More adoraba-; tienen varias vidas, las vidas que nacen de las lecturas que dejan.

Los invito a leer a Federico More.


Francisco Igartua




ANDANZAS DE FEDERICO MORE – Prologo y Recopilación por Francisco Igartua Rovira - págs. 5 al 14.

SUS ANDANZAS PUBLICADAS – MORE – LO MEJOR DE SU OBRA – Oiga 06/11/89


Federico More


DE las características que lo hicieron el inspirado poeta, crítico literario de aguda percepción, encendido panfletario, cronista de nota, versado ensayista y maestro de periodismo que todos reconocemos en él, su inteligencia se erige luminosa entre las brumas de nuestros recuerdos para dibujamos la inconfundible silueta de uno de los personajes que mejor prestigia a las letras peruanas: Federico More.

Y son, precisamente, los mejores frutos de esa inteligencia feraz e inagotable los que Francisco Igartua, director OIGA, acaba de publicar en una sustantiva (y voluminosa) antología: Andanzas de Federico More, bajo el sello de Editorial Navarrete, bajo el sello de Editorial Navarrete.

La selección de artículos, aparecidos en publicaciones del Perú y del extranjero, proporciona en 286 páginas una visión integral de los temas por los que More paseó pluma e ingenio. Aparecen, así, los mejores textos desde su época en "Colónida", con Abraham Valdelomar, Alfredo González Prada, Augusto Aguirre Morales y Roberto Badán, hasta sus interesantes, sabrosos y temidos artículos políticos que sentaron cátedra, sobre todo, en los años 30. Sobre ese período, Jorge Luis Recavarren dice: "More era inconfundible en el periodismo político de los 30. Era algo así como Manolete de su tiempo: ahí estaban Luis Miguel, Arruza, Armillita, Rovira, etc. Sin embargo, Manolete era Manolete. ¡Lo que hubiera sido More si hubiera cuidado más la línea, si se hubiera atrincherado en una firme concepción valorativa!".

Estampa de una vocación Federico More había nacido en Puno el 21 de enero de 1889 -Andanzas aparece como parte de las celebraciones de su centenario-. Era descendiente de John Moore, escocés emprendedor que buscó asentarse en el altiplano para beber de su belleza sin par. En la Hacienda de sus padres transcurrieron su infancia y adolescencia. En cierta oportunidad recordó: "He puesto en el periodismo la seriedad que los niños ponen en sus juegos".

More pasó luego a estudiar al Colegio de los Jesuitas en Arequipa y la secundaria en el Colegio Nacional San Carlos, donde dejaría sus primeras líneas periodísticas en “EI Fuete". En 1906 publica poemas aurorales en "El Lucero"; cuatro años más tarde es llevado a Lima por los universitarios y pronuncia un encendido discurso sobre la juventud. "La Crónica" se convierte en una nueva tribuna y dese allí, como Stylo, escribiría: “La originalidad y la fuerza del decir no tienen más origen que la fuerza y originalidad del pensar". En el 15 funda y dirige "Lléveme usted" y "Cómo está Ud.” Luego viene la etapa "Colónida” y funda, también, "Don Lunes". En 1920 viaja a Buenos Aires y escribe en "La Razón", "La Crítica" y "Caras y Caretas". El 28 está en Bolivia, donde gana un premio de poesía. En el 30 lanza "El hombre de la calle", el 32 "Todo el mundo", "La calle" y "Cascabel". Ese año polemiza con Chocano por el asunto de los derechos peruanos sobre Leticia, en litigio con Colombia. En 1950 escribe en "El Comercio" y en "Caretas", entonces dirigida por F. Igartua, donde nació entre ambos una amistad que terminaría el 8 de febrero de 1955, con la muerte de More.


Todo More

El minucioso trabajo de selección efectuado por Igartua asegura al lector iniciado una fresca aventura de recreación y memoria con el estilo riguroso pero claro, versado y ameno, pero siempre fino, irónico, desbordante de More. Para quien recién lo conocerá, además de todo lo anterior, Andanzas le brindará la oportunidad de una cita con información de primera línea en lo histórico, político, literario y periodístico, y con lo mejor de la prosa castellana, bajo la firma de una de las mentes más lúcidas de las letras hispanoamericanas.

jueves, 21 de agosto de 2008

FRANCISCO IGARTUA - "El Genero Revisteril en el Peru"


ME corresponde en este ciclo de conferencias organizado por la Universidad de Lima tratar el tema de la revista como género periodístico. Y la verdad es que me complace el encargo. Se trata de una agradable encomienda que me obliga a darle las gracias a quien ha tenido la idea de colocarme en este aprieto, porque me ha forzado a repasar ordenadamente los recuerdos de mis andanzas periodísticas, que no son cortas y que –desde mi ventana, claro está– se ven mucho más fecundas de lo que sospechaba al iniciar esta visión retrospectiva de mi vida de periodista, de fundador y orientador de revistas, de mi actividad como ciudadano y ser humano; ya que en mi vida no he hecho otra cosa que ejercer este apasionado y apasionante oficio que es el periodismo. Acababa de ingresar a la mocedad cuando me inicié en él y durante estos muchos años he sido fundamentalmente revistero. Mi experiencia en diarios ha sido tan fugaz que casi no la recuerdo. Podría decir que no he conocido otra sala de redacción que la de la revista.

Jornada, periódico en el que di mis primeros pasos cuando acababa de fundarlo Miguel Benavides, más que diario era un semanario que aparecía todos los días. El estilo de Jornada, su manera de tratar los temas –el editorial estaba por encima de cualquier información– y hasta su diagramación, no era de diario. Su periodicidad en esos años –más tarde se hizo bisemanario- fue producto de las necesidades de la candidatura del Doctor José Luis Bustamante y Rivero, candidatura que no había logrado contar con el apoyo de ninguno de los diarios de la época. Mi paso, más tarde, por La Prensa –la de Pancho Graña y Guillermo Hoyos Osores –fue muy breve. Tanto que se me confunde en la memoria.

Luego he llevado vida enteramente de revistero. Primero al frente de Caretas y después de Oiga. Aunque para ser absolutamente fiel a la cronología, tendré que aclarar que Oiga la fundé antes que Caretas, en 1948. Odría acababa de asaltar el poder y le había hecho exclamar a Martín Adán, en el Jirón de la Unión: “¡Hemos vuelto a la normalidad!”. La normalidad peruana –que ojalá nunca vuelva– era la arbitrariedad del poder, por un lado, y la prisión y el exilio para los críticos, por el otro. Esa fundación de Oiga se tradujo, pues, en inmediata clausura del semanario o panfleto, que eso era aquel Oiga del 48, y mi correspondiente prisión en “El Buque” de la avenida España, una cárcel que posiblemente funcione hasta hoy y que en esos años estaba repleta de apristas, consecuencia de la fallida rebelión marinera del 3 de octubre en el Callao.

A mí me colocaron en la celda de castigo, con los presos comunes, porque con refinada maldad el jefe de la Policía, Moisés Mier y Terán, advirtió que yo no era amigo del Apra. Los horrores de los que fui testigo en esa celda son para dar náusea. Fue una experiencia pavorosa de una realidad que, para vergüenza del Perú, no ha variado hasta estos días… Estamos hablando, sin embargo, no de cárceles sino de periodismo, de mis experiencias como hombre de revista, pero así es, o era, nuestro país.

Hace pocos años, durante mi segundo destierro, en México, tuve la dirección del suplemento de un diario, “El Sol de México”; era el Suplemento Cultural, o sea, una revista que venía injertada una vez a la semana en el periódico.

Todo lo que conozco de periodismo está vinculado al género revisteril.

Soy revistero al cien por ciento. Y de mis experiencias como tal voy a hablarles esta noche.

Un asunto de ritmo
¿En qué se diferencia una revista de un diario, de ese otro exponente de los medios gráficos?

Se dirá que en la presentación, en el formato, en el tratamiento de los temas, etc. Y sin duda hay diferencias entre el diario y la revista en todos estos elementos que componen un periódico. Sin embargo, más que en la presentación –que es muy distinta en una y otra–, más que en el estilo de tratar los temas, la mayor diferencia está en el ritmo de cada uno de estos géneros de prensa. El ritmo del diario es velocísimo. La rapidez es una de sus principales virtudes. Llevar la noticia al público antes que nadie, dar la primicia, es el supremo triunfo del diario. Estamos hablando, claro está, del diarismo tal cual es entendido hasta hoy entre nosotros. Más adelante trataremos de exponer algunas ideas sobre el periodismo del futuro; del futuro cercano porque al periodismo le es imposible escapar a la actualidad.

Mientras tanto –por ahora– los hechos, las noticias y los comentarios pasan en los diarios como esas figuras del cine acelerado. La actualidad, tirana de todo periodismo, es implacable y feroz en ellos: lo que hoy es noticia de primera página puede perder todo interés al día siguiente o, peor aún, esa misma noticia es posible que se reduzca a una compuesta en el curso de las horas de ese mismo día y ya no valga siquiera un comentario en la siguiente página editorial. Todo porque la diosa actualidad ha tenido la veleidad de ofrecernos al atardecer una noticia mayor o más truculenta que la del mediodía. El diario es castillo de naipes o de arena. Tiene la rapidez y la magia del teletipo y la radiofoto. Es vital, es palpitante, posee el misterioso atractivo de la violación del secreto y la emoción de ver satisfecha la curiosidad. Tiene la angustia de lo que llega y ya se fue y la alegría de una cierta irresponsabilidad, producto del vértigo noticioso.

El periodismo en la revista es distinto. Está hecho a otro ritmo. Es más sosegado, más reposado. Sus crónicas tienen tiempo para ser pensadas y para rectificar primeros arrebatos. Sus comentarios no poseen, por lo general, la vivacidad, el calor de la escritura que acompaña a los acontecimientos, pero no corren el riesgo de la improvisación; mejor dicho, no deberían correr ese riesgo, porque sería caer en falla imperdonable en un revistero. Aunque ocurre. Y demasiado a menudo en estos tiempos.

El tributo a la diosa actualidad no es, en la revista, una exigencia tan violenta como en el diario. Queda en ella más campo para la reflexión que para el impacto de la noticia. Sus primicias no son las mismas o, para decirlo con más precisión, no tienen la misma inmediatez ni igual tratamiento que las de un diario. Una noticia que cubra el ancho de la primera página de un periódico puede ser, a la semana, la primicia central de una revista. Todo dependerá de cuánta información adicional pueda obtener el revistero, de la calidad de las fotos que logre y de la profundidad y presentación que le dará a la crónica o al comentario.

Al hablar de la revista hablamos del semanario, de la publicación que está en contacto con los lectores cada semana; ya que las publicaciones con periodicidad mayor dejan el campo del periodismo para ingresar –cuando están bien escritas y tocan temas de interés – al campo de la literatura, del ensayo y –cuando cubren asuntos específicos– a lo que se quiere llamar “periodismo especializado”. Pero ni uno ni otro es periodismo en el estricto sentido del término; porque, por la distancia entre una y otra edición y por las cuestiones que tocan, poco tienen que ver estas publicaciones con la actualidad, con el acontecer de la hora, con la palpitante novedad que se comenta en casas y calles de la ciudad. Que eso es el periodismo.

No hay periodista sin contacto con la noticia. Por ello el periodismo por antonomasia es el periodismo de diario, la revista es algo así como la repetición de una película en cámara lenta, para que las noticias puedan gustarse más, para corregir defectos de la prisa y suavizar arrebatos del instante; pero no una repetición tan lenta que desaparezca el film para transformarse en una cadena de cuadros independientes. De ser así, vuelvo a repetir, se pasa del periodismo a la literatura –cuando hay literatura en el texto- o a la bobada, cuando lo que se realiza es una “revista” de esas que “entretienen” hoy igual que tres semanas atrás o adelante. El periodismo es una visión global de la actualidad, donde los acontecimientos no dejan de tener un cierto hilván: recoger el plural acontecer público del día, en el diario, y el de la semana, en la revista. Los periodistas son testimoniadores de lo que ocurre a su alrededor; y con los años terminan siendo testimonio vivo de su tiempo. Mucho de lo que han escrito pasa a ser material de trabajo para la historia, sobre todo lo escrito en revistas, porque es obra más reposada y porque las revistas, y no los diarios, son los que se coleccionan con facilidad. En infinidad de casas, lo habrán visto muchos de ustedes, la colección de una revista es el centro de la biblioteca.

Pero revista no es igual que semanario
Al decir que al hablar de la revista hablamos del semanario, he tenido el propósito de establecer que el periodismo no puede tener una periodicidad mayor que la semana. Sin embargo, hay diferencia entre revista y semanario.

Por revista entendemos lo que en algunos países se llama magacín. O sea un periódico semanal, de formato pequeño, con papel couché –por lo menos en la portada-, presentación a todo color y visión global de la semana, con preocupación por todos los temas, desde los más serios a los más frívolos. Esto es lo que se conoce y aprecia popularmente como “revista”. Pero también existe la publicación semanal de análisis. Más sobria en su presentación que la anterior y con poco o ningún interés por los aspectos frívolos de la vida. Y esta también es revista. En términos internacionales podríamos visualizar la diferencia con Interviú y Cambio, con París Match y L`Express, con Gente y L`Europeo, con varias de las revistas ilustradas alemanas y Spiegel. No se trata de una diferenciación en extremo rígida, porque más de una de las revistas catalogadas como serias hacen concesiones a la frivolidad y algunas de las miradas como alegres no dejan de ser muy serias en buena parte de su contenido. Lo que no se da es el híbrido total. A excepción de Interviú, de Barcelona, que es producto del tremendo desconcierto periodístico-moral dejado por Franco en España. Allí se dan la mano sesudos artículos de política con señoras en cueros y señores en lo mismo. Algo así como un Play Boy de sal muy gruesa, sólo apto para paladares recién salidos de una dictadura ultramontana.

El gran panfletario: More
Semanario, tal como se entiende en nuestro medio, es otra cosa. No sólo es un periódico mayor que la revista y que no emplea papel fino ni impresión policroma, sino que se diferencia de ella, principalmente, en el tono; el semanario en este país es casi sinónimo de panfleto. Grandes panfletarios fueron periodistas del siglo pasado –la mayoría, redactores de publicaciones no diarias-; y el más fulgurante de los periodistas peruanos, el más agudo y mordaz de los analistas de la política nacional, el periodista peruano de pluma más galana a la vez que más punzante, el más brillante de nuestros hombres de prensa, don Federico More, fue periodista de semanario y tremebundo panfletario. Semanarios fueron El Hombre de la Calle y Cascabel, las dos publicaciones más conocidas del autor de Zoocracia y Canibalismo; y eran panfletos. More, que tenía alma de literato, empleó el panfleto como género literario y le dio brillo desusado en nuestro medio; aunque algunas veces su temperamento desbordante lo hiciera resbalar en el libelo, como él mismo confiesa en unas memorias que apenas inició y cuyos originales están en mi poder (hace un tiempo publicadas en el libro Andanzas). Los últimos reductos periodísticos de don Federico More fueron, sin embargo, una revista y un diario. More acabó su turbulenta existencia en Caretas, a mi lado, y en El Comercio, al lado de don Luis Miró Quesada, ilustre patriarca del periodismo a quien More había combatido durante años, con la rudeza del panfletario, y a quien se acercó al final de su vida con afecto y con reconocimiento a sus cualidades profesionales y a su entereza moral.

Panfletarios, aunque muy distantes de la pluma de don Federico More, han sido y son la mayoría de los directores de los semanarios que aparecieron en Lima a fines de los años setenta y de los que hasta hoy (1995) se publican. Sin embargo, hay excepciones. No todos podrían calificarse de panfletarios. Entre ellos el Oiga de formato grande de unos años atrás. Este fue un experimento que nada tiene que ver con las primeras ediciones de Oiga de 1948, absolutamente panfletarias. Se trató de un experimento que he repetido varias veces. En 1962, por ejemplo, inicié con formato grande la segunda etapa de Oiga. En aquel entonces seguí un poco la línea de los semanarios europeos de análisis, que estaban allá de moda en esos años, pero dándole un aspecto de revista en el contenido y en la profusión de fotos. La principal razón de aquel experimento en formato grande fue económica. Un periódico de este tipo, en aquella época, era relativamente fácil de lanzar con muy escaso capital y también fácil de que se sostuviera con la sola venta al público (hoy esto es imposible por la presión tributaria existente). En este tipo de semanario se emplea poco papel en cada ejemplar; basta un equipo de redacción muy reducido; no hay policromía ni couché; y grandes y llamativos titulares pueden atraer con facilidad al público. El problema que se presenta es el del precio: debe ser suficientemente alto para reemplazar los inexistentes ingresos de avisaje y suficientemente bajo para que el gran público pueda acceder a él y lo prefiera a un diario.

Este género periodístico proliferó en Lima con gran éxito a fines de los años setenta por una razón muy sencilla: la captura y “socialización” de los diarios, en 1974, uniformó de tal modo la noticia en la prensa matutina y vespertina; hizo tan insulso el periodismo; aburrió tanto al público con sus boletines oficiales –siempre iguales, lógicamente, en todos los diarios-, que el problema del alto precio del semanario no fue tomado en cuenta por una clase media aún no pauperizada y que deseaba que fuentes imparciales les informaran sobre lo que ocurría en el país y en el mundo. El resultado fue la clausura de los periódicos y el exilio para sus periodistas. Pero cuando se inicia en la segunda etapa militar una cierta apertura liberal, hasta los lectores populares se lanzan entusiastas en pos de los semanarios, ávidos de informarse sobre lo que en realidad sucede y deseosos de sopesar las opiniones de los periodistas y ciudadanos independientes.

El boom de los semanarios no duró, sin embargo, mucho tiempo. Al retornar los diarios a su antiguo cauce -gracias a la democracia votada por el pueblo– y al reabrirse el pluralismo informativo y crítico en el diarismo, así como la competencia por la noticia y el afán de opinar con justeza y libertad, quedó sellada la suerte de la mayoría de los semanarios. No podían éstos colocarse en un precio de competencia con los diarios ni estaban montados para ofrecer el novedoso periodismo de análisis, de crónica comentada, que cierto público podría estar esperando de ese género periodístico.

Al cumplir con su deber de restaurar en los diarios a sus legítimos propietarios, el régimen democrático infligió a la vez, sin querer e ignorándolo por completo, un golpe de muerte a la prensa semanal, a los semanarios me refiero.

Habrá cambios obligados
Sin embargo, a mi regreso del destierro, en 1978, tenía yo propósitos muy especiales con el experimento del nuevo Oiga de formato grande. Abrigaba una esperanza: sembrar la semilla de un periodismo con cara al futuro. Pero fracasé en la empresa. Ni siquiera puedo decir que me quedé a mitad de camino. Apenas di unos pasos en el sentido ambicionado por mi persona.

Y no acerté, entre otras cosas, por algo muy simple: porque no pude disponer del capital que la empresa requería -habría tenido que perder el control de ella- y porque el experimento mismo no estuvo en capacidad de acumular suficiente ahorro para ir formando el cuantioso capital que se necesitaba.

La idea es ésta
Con la aparición y el desarrollo de la televisión, la noticia llega al público de inmediato, muchas veces en vivo y en directo desde el mismo lugar del suceso. La narración va casi siempre acompañada de la imagen en movimiento. Es como si el público pudiera presenciar lo que ocurre en el país y el mundo desde un teatro, un teatro portátil que nos acompaña por todas partes y que uno puede o podrá llevar en el maletín o en el bolsillo.

De este modo ha cambiado, está cambiando o cambiará de manera radical, la noción que aún tenemos del periodismo, sobre todo del tratamiento de la noticia en la prensa. Y ya mucho han cambiado, sin duda alguna, las nociones sobre periodismo que les expuse con tanto entusiasmo al comienzo de esta charla. Pero no creamos que el periodismo escrito vaya a desaparecer, que estemos preparándonos para enterrarlo. No. Las cosas de la vida -como la vida misma- no se esfuman, se transforman. Y eso ocurrirá con el periodismo, con los medios gráficos de expresión.

Con la televisión, la noticia, la primicia, ha dejado de ser exclusiva de los diarios. El tiempo que tarda una rotativa en imprimir una edición extraordinaria, frente a la transmisión en directo de la televisión, nos lleva a comparar la velocidad de un coche de caballos con la de un auto de carrera. Sin duda alguna, el periodismo escrito e impreso cada día podrá competir menos, en el terreno de la noticia, con el moderno demonio de la pantalla chica. Porque recién ahora, con la televisión, es que se ha concretado el reto al periodismo escrito que comenzó a vislumbrarse cuando apareció la radio.

Sin embargo, la magia, el embriagante atractivo de la letra de molde, no va a desaparecer por obra de las palabras radiales –que se las lleva el viento- o de la imagen, que no nos permite concentrar nuestra atención en el significado del discurso. La palabra volandera jamás nos dará la seguridad de la letra escrita, de ese texto que podemos releer por placer o para confirmar o rectificar lo que no estuvimos seguros de entender. Nunca podrán, la imagen y el relato hablado, reemplazar el vigor, la precisión, la intimidad y el encanto de la reflexión escrita, del relato o el testimonio que cada uno puede repasar a voluntad, fijando la atención en lo que a uno más le place o le interesa.


El periodismo escrito, empero, estará obligado con el tiempo a concentrarse en el comentario de la noticia, en la crónica orientadora de lo ocurrido. En los grandes reportajes, documentados e ilustrados. Y este es, como hemos visto, campo propicio para la revista y el semanario. Lo que no significa que ha de desaparecer el diario, sino que tendrá que cambiar: los diarios del futuro, se nos ocurre, se preocuparán más en ofrecer servicios que de dar primicias, noticias; que les importará muchísimo la crónica de análisis; y que sus páginas editoriales recobrarán la preeminencia de otros tiempos, de aquellos años no perturbados por los telégrafos, el teléfono, los teletipos y las computadoras. Disminuirá, eso sí, su número y aumentarán considerablemente sus páginas. En cada ciudad bastarán dos o tres grandes diarios, pero tendrán que tener excelentes servicios: o sea, serán diarios con alto costo de papel. (Es lo que estamos viendo en el remozado El Comercio). Todo esto ocurrirá sin que, desgraciadamente, se estreche el espacio para el diarismo amarillo, de escándalo y de explotación de las tendencias morbosas de la multitud. Ese diarismo –ese periodismo que debiera avergonzarnos– siempre tendrá acogida en la malsana curiosidad del ser humano, en el resentimiento escondido de innumerables personas que encuentran satisfacción en la ruindad de cierta prensa.

Al planear la experiencia de Oiga 78 pensé: el hombre moderno se interesa por estar bien informado, por saber lo que pasa cada día a su alrededor, pero no tiene tiempo para concentrarse todos los días a leer comentarios o grandes reportajes. Y si esa información, seguí pensando, la recibe el hombre moderno a diario y en directo por medio de la televisión, más que un matutino o vespertino, con opiniones a vuela máquina que tendrá que leer a la carrera, le interesará leer un semanario o bisemanario que le ofrezca -sin presiones de tiempo- juicios escritos con maduración y reposo, comentarios a las crónicas del momento y grandes reportajes presentados con el cuidado de revista. Y, punto principalísimo, a precio similar o más bajo que el del diario. O sea, el Jornada de mis primeros años periodísticos, con buen complemento gráfico, con estilo de revista.

Siguiendo el curso de este pensamiento, el diario, con muchas páginas y excelentes servicios, tendrá utilidad en el hogar; mientras que el semanario, con textos escogidos y sin exceso de papel, será lectura del escritorio, de la mesa de noche y de los fines de semana.

Algo sigue a pie firme
El que mi experiencia de Oiga 78 quedara a menos de mitad de camino de mis ambiciones, no indica que el periodismo del futuro no transite por los rumbos que acabo de describir confusamente.

Pero volvamos a la revista, que para tratar sobre ella he sido invitado a esta reunión universitaria.

Después de los vientos huracanados que se han producido en los medios de comunicación, sobre todo en los últimos años, hay un género periodístico que, contra viento y marea, queda en pie, intacto: la revista. Se podría decir que la revista no ha sufrido mayor variación desde que la fotografía comenzó a hacerse familiar en los talleres gráficos. Cuando la fotografía, el mayor elemento diferenciador entre el periódico y la revista, tanto por la manera de usarla como por la calidad que se logra con una impresión más cuidada y costosa, logra incorporarse al quehacer periodístico, comienza a nacer la revista, lo que en otras partes, con mayor propiedad, se llama “magacín”. Y si hojeamos las revistas de los primeros años del siglo, algunas de aquellas primeras publicaciones gráficas que se ajustan a la definición que hemos convenido de lo que hoy entiende el gran público por revista –definición que excluye arbitrariamente publicaciones literarias e históricas que con mayor razón llevan ese título- nos encontraremos con que muy poco han variado, en lo sustancial, las revistas de entonces con respecto a las de ahora.

Aquí, en nuestro país, en Lima, tenemos como ejemplo a Mundial y Variedades. Dos muestras de lo que en artes gráficas y en periodismo revisteril hacían los peruanos en las primeras décadas del siglo. Dos muestras que hubieran obtenido nota excelente en cualquier competencia. ¡Es increíble la calidad gráfica del color, por ejemplo, en revistas que aparecían puntualmente cada semana; es sorprendente la actualidad de las crónicas y de las fotografías; y deben producir no poca envidia el ingenio de sus caricaturistas, el vigor y la pulcritud de sus comentarios y la calidad intelectual y literaria de sus colaboradores! De esos años son también Colónida, Amauta y otras publicaciones que podríamos catalogar como revista de análisis.

No es modesta, pues, la tradición revisteril del Perú. Hasta los años treinta tuvimos exponentes del brillo, la actualidad y la persistencia –que es también cualidad necesaria para pasar a la historia– de Amauta, Mundial y Variedades. Todas ellas liquidadas, muertas, al compás de las trompetas y marchas militares de los cuartelazos, contrarrevoluciones y revueltas que siguieron a la caída de Leguía.

Luego, por culpa quién sabe de esa turbulencia e inestabilidad políticas, así como de la rigidez de las dictaduras de Benavides y Prado, no aparece otra revista que llame la atención y que dure. La excepción es Turismo, que nunca dejó de padecer un limeñismo agudo y fatal. Me parece que murió de esta triste enfermedad. Pero fue una revista que duró, lo que no deja de ser meritorio en un medio inconstante, amodorrado y sin nervio. Esa tradición la siguió Mundo, revista de Miguel Benavides y sus hermanos, aunque más moderna, con aires parisinos.

De los 40 a hoy
A finales de los años cuarenta estalla de pronto una explosión revisterial con Alfonso Tealdo como animador principal. Las revistas se suceden unas a otras a una velocidad vertiginosa. Y son las promociones universitarias de esos años las que dan vida al remolino intelectual integrado por Pepe Diez Canseco, Juan Ríos, Luis Alberto Sánchez, Manuel Seoane, Mario Herrera, Alberto Tauro de Pino, Augusto Tamayo Vargas, etc., etc., etc.

Es entonces que aparecen los nombres de Sebastián Salazar Bondy, Pedro Álvarez del Villar, Alfonso Grados, Raúl Villarán, Arturo Salazar Larraín, Juan Zegarra Russo, Jorge Moral; a los que más tarde se añade la invasión arequipeña de los Chirinos, Rey de Castros, Ricketts y Belaúndes. Muchos de los jóvenes que en la universidad soñaban con revolucionar las letras, con escribir el poema o la novela del siglo, van cayendo hipnotizados en las redes del periodismo.

Las revistas principales, mejor dicho las que recuerdo en estos momentos, son Pan, Ya y Gala. Esta última –la primera de la serie –fue otra especie de Turismo, al que se le borraron defectos y se le dio calidad literaria. Fue una revista de lujo. Pan y Ya, igual que otras de esas épocas que no retengo en la memoria, estuvieron envueltas en el torbellino de la actualidad y tuvieron vida efímera. Algunas fueron flor de un día. Otras arbolitos de estación, como el Extra de años posteriores.

En ese mismo tiempo retornó a Lima, desde México, Genaro Carnero Checa, quien fundó una revista que llevaba por título el número del año en curso. Desde ella, el “Cuate” –así lo llamábamos sus amigos y también sus enemigos–, sentó cátedra de periodismo analítico y comprometido de alta clase. Genaro Carnero fue un periodista emotivo, de sutilísima inteligencia, entregado hasta los huesos a sus ideales comunistas. Fue habilísimo político sin suerte en la ruleta de las posiciones partidarias y parlamentarias, lo que prueba que lo que le faltó de instinto le sobró de juicio crítico. Fui amigo entrañable de él, sobre todo en los últimos años, sin que hubieran faltado fuertes rozamientos en algunos momentos de nuestras largas y muchas veces encontradas relaciones.

Hoy, a distancia de su muerte, lejos de los afanes y compromisos políticos que se entrecruzan ante la tumba de los muertos ilustres, quiero rendir homenaje al amigo y camarada de aventuras, al insigne maestro de periodismo que fue Genaro Carnero Checa.

Fue él quien llenó esos años revisteriles peruanos, ya que ninguna de las publicaciones de esa época llegó a echar raíces. Todas fueron experiencias pasajeras. Algunas brillantes, otras opacas, pero ninguna duradera como la de los números del año de Genaro Carnero.

Hasta 1950, en que se funda Caretas y se da comienzo a una etapa en la que el Perú retoma la vieja posta de Mundial y Variedades. Y tiene que ser con muy grande satisfacción personal que constate yo el hecho; ya que, por caprichoso designio del destino o por lo que fuera, me tocó a mí ser el fundador de dos revistas que han logrado revivir esa dupla que dio fama al periodismo peruano.

Fundé Oiga, como dije, en 1948, y la refundé con el desinteresado apoyo de un grupo de amigos en 1962. A Caretas la fundé en 1950, en sociedad con Doris Gibson y su desbordante entusiasmo y aguerrida personalidad. Y al bautizarla como Caretas se reunieron varias motivaciones en esta palabra. Quise que fuera una expresión de fé en la unidad y destino latinoamericanos, por eso se inspiraba en el nombre de uno de los más sonados esfuerzos editoriales de nuestra América –Caras y Caretas de Buenos Aires-, y también que exteriorizara una protesta concreta: al tomar únicamente una parte de aquel título quedaba dicho que en el Perú de esos días –gobernados con rienda corta por el dictador Odría- no se podían tocar en la prensa las caras de los acontecimientos sino sólo las caretas. Pero no fue una intención guardada in pectore. Quedó escrita en el primer editorial.

Para la refundación de Oiga, a fines del año 62, conté con la colaboración decidida de cuatro hombres que pusieron, en la que parecía ilusa empresa, sus mejores afanes e inquietudes. Sus nombres, Jorge Aubry, Eduardo Orrego, Paco Campodónico y Juan Sardá, quedaron indisolublemente ligados a Oiga. Y a ellos se agregaron pronto los de los hermanos Jesús y Alfonso Reyes.

La intención final, la meta, era hacer una revista de análisis. Y se logró. Si en los últimos tiempos Oiga ha incursionado en el terreno del magacín, no ha sido por decisión antojadiza mía. Me vi forzado, por presiones externas más que internas, a ingresar a una competencia que nunca quise se produjera. Y en el camino del “magazín” andamos. (Hasta este número de Adiós).

El resto de la historia de las revistas en el Perú es reciente para mí y está escrita en estas dos publicaciones y en algunas otras que han tenido vida tan corta como aquellas de la vorágine revisteril de los años cuarenta y cincuenta, con la excepción primera, y ya lejana, de Mundo, después de Gente, Equis y la hace poco fenecida Marka.

Mucho tiempo más podríamos seguir hablando del tema; es el tema de mi vida. Pero creo que me he extralimitado en esta charla de elogio al periodismo como oficio y a las revistas como género periodístico. Ya es hora de que sean ustedes los que hagan de periodistas y me planteen los interrogantes críticos y hasta cáusticos que con mucha facilidad y una cierta irresponsabilidad hace el periodismo a los gobernantes y gobernados, a las personalidades y a los hombres de la calle. Aquí estoy dispuesto a ser sacrificado con las preguntas de un auditorio que ha sido excesivamente gentil al haberme permitido hablar tanto rato de asuntos que siento muy particulares, muy personales.



Fuente: EDITORIAL PERIODISTICA OIGA S.A - Archivo Revista Oiga

jueves, 7 de agosto de 2008

FRANCISCO IGARTUA - "Cuándo fue que se jodió el Perú"


EN estos días efervescentes -de resurgimiento económico- que vive la República, en los que se observa, por un lado, voluntad y empeño del gobierno por realizar sus planes y cumplir las recomendaciones del FMI y del Banco Mundial, y en los que, por otro lado, se advierte un claro estilo fascista, con una desmedida arrogancia que muchas veces cae en el abuso y el atropello, bueno es mirar hacia atrás, a releer lo ya escrito. En estos días en que la economía nacional va abriendo posibilidades insospechadas de desarrollo, a la vez que va creciendo el hambre y la desocupación -la miseria en sus distintas tonalidades- y se comprueba cómo va el Estado fagocitándose a todas las instituciones, llevando al país a un centralismo agobiante, que la mayoría acepta por inercia o por ignorancia de lo que éste significó en nuestra historia y en la de otros pueblos; en estos días tan contradictorios y tan difíciles de analizar con sosiego, no hay mejor manera de hallar algo de luz que mirando al pasado, hurgando en las lecciones del ayer alguna explicación a los desconcertantes hechos de la palpitante actualidad.

No me ocuparé, pues, en esta edición del adiós, de destacar acongojado el comportamiento atropellador de la mayoría parlamentaria, que se niega a investigar las cuentas de los últimos años del Parlamento y decide hacer cera y pabilo con los congresistas del 80 al 90, insistiendo en tergiversar la visión histórica de la ciudadanía recordando tiempos cercanos de ingrata memoria colectiva para que el presente -al que no le faltan raterías y le sobran arrogancias napoleónicas- sólo sea comparado con el desastroso paso de Alan García por el gobierno.

Para ofrecer una visión lo más clara posible de lo que ocurre hoy ante nuestros ojos nada mejor que volver la vista atrás; para el caso, repetir –actualizándolo- el artículo que escribí hace algunos años bajo el título de “Cuándo fue que se jodió el Perú”.

Esta dramática pregunta -¿Cuándo fue que se jodió el Perú?-, recogida de memoria de un texto de nuestra reciente literatura, refleja con dolorosa precisión la inquietud actual de la inteligencia peruana, que no halla en el paso de Alan García por el gobierno un episodio crucial sino apenas una desgraciada anécdota. Es una pregunta que revela la clarividente sensibilidad de quien puso por escrito esta gran interrogante nacional, que se ha hecho persistente en demanda de respuesta, de aclaración sobre nuestra existencia como país, en no pocos círculos intelectuales del Perú. Es una interrogación que se ha transformado en angustiosa necesidad de hurgar en los recovecos del pasado y del presente en busca de una explicación al espectáculo de descomposición que nos rodea, a pesar de los pasos positivos que en muchos campos se están dando en el gobierno del presidente Alberto Fujimori.

¿Cuándo fue que se jodió el Perú? No fue en el Incario, porque entonces estas tierras eran apenas embrión de un país no nacido. Tampoco fue en la Colonia. Eran tiempos en que la historia no existía fuera de los mares europeos –que abarcaban las aguas del mundo- y cualquier país de la periferia europea, cercano o lejano a aquella historia, estaba en el limbo, no tenía un porvenir señalado (aunque no sería ocioso apuntar de paso que los virreinatos de México y el Perú eran entonces los territorios más desarrollados de toda América).

¿Fue con la República que se jodió el Perú?

Aquí ya se trata de nuestros días y de nuestras responsabilidades. Sin embargo, los primeros decenios de vida independiente transcurren por igual, con similares rivalidades entre caudillos, en toda América Latina; sin que Lima dejara de ser en esos años la capital más importante de América del Sur. Hasta esa etapa, las posibilidades de desarrollo para la incipiente nación peruana eran iguales o mayores que las de Colombia, Chile o Argentina.

Nuestro primer gran contratiempo recién llega a mediados del siglo pasado y es obra de peruanos. Son los peruanos desterrados en Chile, con el futuro mariscal Castilla a la cabeza, los que alientan la expedición chilena que en Yungay derrota y destruye a la Confederación Perú-boliviana, creada por Santa Cruz con la visionaria intención de corregir el despechado despropósito de Bolívar y rehacer el territorio histórico del Perú.

Es imposible desde hoy, desde nuestro trágico presente, vislumbrar lo que hubiera sido la reunificación peruana, esa república que soñaron algunos espíritus visionarios, ese Perú que pudo ser y no fue. De todos modos, si hubiera sido un territorio más grande y más rico, con una Sierra más potente frente a la lánguida y amodorrada Lima -ciudad cuyo nombre tiene fragancia de fruta asexuada-; y quién sabe si de ahí, de un diálogo vital entre la Costa y los Andes, hubiera surgido la nación que aún no logramos forjar.

Pero la historia no se hace con lo que pudo haber sido y no fue. No podemos, por ejemplo, adivinar siquiera el Perú que hubiéramos heredado de las rebeldías de Gonzalo Pizarro o de la enloquecida correría de Lope de Aguirre por selvas, cordilleras, ríos y mares en búsqueda del reino de la libertad, que él quiso ubicar en tierras del Pirú. La historia es hija de los hechos, de lo ocurrido y constatado. No es de la imaginación ni de los deseos. Puede sí serla de los olvidos.

Es historia, por ejemplo, la glorificación en el Perú del mariscal Castilla y también es historia la canción que a diario se escucha cantar a los niños en las escuelas de Chile:

“Cantemos la gloria
del triunfo marcial
que el pueblo chileno
obtuvo en Yungay…”


Son, en realidad, la misma historia. Pero mientras que en un lado -en Chile- se tiene memoria correcta de lo que fue un hito importante en la formación de su país como nación, en la otra parte -en el Perú- ni siquiera se recuerda que fue Castilla quien capitaneó esas huestes chilenas, destructoras de la Confederación que reunificaba al Perú que Bolívar dividió por vengarse de los desprecios de Lima.

Como vemos, no hay siquiera memoria de nuestro primer gran contratiempo, prolegómeno del segundo, del descalabro militar de 1879.

La pérdida de la guerra postró al Perú. Lo hizo caer en el abismo de la ruina económica y moral. Y, en este caso, la humillación nos abrumó hasta tal punto que se ha hecho obsesión nacional su recuerdo. Lo que tampoco es sano ni fecundo.

Sin embargo, a pesar de esos dos tremendos desastres, no fue entonces que el Perú se jodió. Con tenacidad, con esfuerzos propios, con confianza en el destino patrio, el Perú se recuperó y, a finales del siglo pasado y comienzos del novecientos, floreció nuestra agricultura y la minería peruana respaldaba una moneda que iba “a la par con Londres”. Todavía no eran los tiempos del dólar, reinaba en aquella época la libra esterlina.

Nos hallábamos, es cierto, lejos de la posición privilegiada del virreinato, pero no teníamos el porvenir perdido, el futuro nos podía sonreír en cualquier momento y había modo de contrarrestar la ventaja que nos llevaban los países hermanos bañados por el Atlántico, eje entonces del comercio y las relaciones internacionales.

Lima era una fiesta en aquellos años de la República Aristocrática -la de Piérola y Pardo- y en las provincias las injusticias ancestrales se sentían menos; ilusión del porvenir, construyó Leguía su Patria Nueva con carnavales populares, carreteras, avenidas, puertos y derroche de ilusiones financieras y juegos eléctricos. El Perú, por muy grandes que fueran sus problemas escondidos bajo las alfombras o entre los pliegues andinos, podía hacer el esfuerzo de ponerse “a la par con Londres” en cuestiones sociales, políticas y económicas. A pesar de la dictadura y el centralismo leguiísta, no había llegado la hora en que se jodió el Perú. Sí quedó sembrada con Leguía una semilla perniciosa que contribuyó con el tiempo al desastre nacional: Leguía hizo irrisión de nuestra institucionalidad. El presidente lo fue todo.

El “crac” del 29 remeció al mundo y tumbó a Leguía. Un legendario comandante, Sánchez Cerro, “el Mocho”, se alzó en Arequipa y entró triunfante a Lima. Se desató la barbarie, pero el Perú siguió andando a pesar de la demagogia, del crimen político, de los petardos y de la anarquía que el APRA inauguró, introduciendo en el país los métodos violentos que el fascismo y el comunismo habían patentado en Europa. Y a pesar también de la violenta reacción del gobierno sanchecerrista.

Tras el asesinato de Sánchez Cerro, el general Óscar R. Benavides interviene para pacificar los ánimos e impedir que el país se paralice. Lo logra usando viejos sistemas policíacos y deja como sucesor a Manuel Prado, un personaje que no haría mover al país en ninguna dirección y no cometería imprudencias en la guerra mundial que ya estallaba. Pero, al parecer, Benavides comprendía que para el desarrollo de un país es necesaria la continuidad de acción en los gobiernos; y también parecía entender que la actividad ciudadana requiere seguridad, la que sólo puede emanar de normas legales estables. Será por esto que, en 1945, el ya mariscal Benavides propicia el Frente Democrático y la candidatura del doctor Bustamante y Rivero, quien plantea como condición irrevocable que su régimen sea de transición, de primer paso a una democracia basada en la seguridad jurídica.

La impaciencia del APRA y la torpeza militar echan por tierra este inteligente camino hacia la modernización del Perú. Vamos de tumbo en tumbo, pero vamos como esas canoas que se hunden y reaparecen en los rápidos del Colca.

En 1956 aparece rutilante la figura de Belaúnde, el arquitecto del nuevo Perú, y vuelven las ilusiones que Leguía, con habilidad de prestidigitador, supo usar para encandilar a las multitudes. Pero el vencedor de las elecciones fue Prado, el pasado que persistía. Y que persistió luego en el siguiente sexenio, a pesar de los buenos deseos y de importantes logros del presidente Belaúnde.

El Perú no resiste más y en 1968, al no decidirse Belaúnde -acorralado por el APRA y Odría- a cumplir sus promesas de cambio social, estalla la revolución militar.

Y aquí sí es cuando se jodió el Perú. No porque fuera innecesario enterrar el pasado. Era necesario hacerlo y bien enterrado debiera estar. Era necesario abrir la sociedad peruana. Al Perú lo ahogaba una argolla medieval, una oligarquía despiadada en los negocios y cerrada, ciega, en lo social; sin aliento patrio, sin visión de futuro, ignorante de las nuevas ideas que se iban imponiendo por el mundo, huérfana de respuestas a las exigencias de la hora. Sin darse cuenta de cómo ni cuándo la clase dirigente peruana se había convertido en cadáver que caminaba, hablaba y hacía dinero explotando a otros, no por habilidad propia, sino gracias a una especie de quinto real, de monopolio concedido a ella por gracia divina.

La revolución se había hecho necesaria.

Pero entonces, ¿cómo fue que se jodió el Perú?

No fue por borrar el pasado; el Perú se jodió porque la revolución militar no supo escoger el camino para modernizar al país. Destruyó el ayer, no creó el mañana y no supo mantener el presente. No tenía ideas y se dejó desbordar por las corrientes socialistas que la revolución militar apañó y engordó; pero no por las corrientes modernas, actuales, de ese signo, sino por las más vulgares, las menos inteligentes, las afectas al resentimiento y a la destrucción. No se dejó llevar por principios que hubieran desembocado en el socialismo de Felipe Gonzales o Mitterrand, sino por planteamientos que han tenido que ser revisados en China y la Unión Soviética para evitar que el desastre las arrase.

El Perú se jodió cuando, obnubilada por los resplandores de las ideas de los cafés europeos y de la Iglesia “progresista”, la revolución militar escoge equivocadamente el camino estatista, el del Ogro Filantrópico en dimensión marxista.

La reforma agraria era necesaria. Pero fue una insensatez que afectara a los agricultores que mejor producían y que no tenían tierras ociosas. Otro disparate fue imponer por la fuerza un sistema cooperativo -que no lo era- en las grandes haciendas azucareras.

También era necesaria la reforma de la empresa y todas las otras reformas “revolucionarias”. Pero hubo equivocación -y grande- cuando se creó la comunidad laboral y se introdujo la estabilidad en los puestos de trabajo; hubo torpeza cuando se estatizó no sólo la pesca sino hasta a los pescadores; y hubo delirio cuando el Estado reemplazó a los particulares y se convirtió en el gran empresario. Todas ellas, medidas que dañaron al país y no favorecieron, a pesar de sus buenas intenciones, a los trabajadores.


El Perú se jodió cuando la revolución militar optó por el estatismo en lugar de tomar el camino que el país requería: modernizarse, producir y competir en el mundo alentando la imaginación de los individuos, crear riqueza para que la justicia alcance a todos. El Perú se jodió cuando la revolución militar escogió el colectivismo y este terrible mal –productor de miseria sin quererlo y sembrador de desdichas sin saberlo- se enraizó en el país con el apoyo de todas las tendencias marxistas -que iban creciendo como espuma en medio del desconcierto general- y de todos los políticos que sólo ven votos en sus decisiones de gobierno.

Quien escribe estas líneas recuerda un encuentro callejero con Eudocio Ravines en el destierro de ambos, en México. Era el año 78 y el camino de regreso se nos abría a los deportados, aun para aquellos que teníamos proceso abierto “por haber intentado desestabilizar a la República”. De esto hablábamos cuando, de pronto, tajante, el célebre removedor de inquietudes políticas, muerto trágicamente hace unos años en esa misma calle, exclamó: “No vuelvas. Ya te has abierto camino fuera y tú, en el fondo, eres un liberal. A estos militares estatistas, con absoluta seguridad, los reemplazará el APRA, que es mucho más estatista que los militares”. Luego, al notar que no tenía acogida su consejo, con voz triste, quién sabe si adivinando que nunca volvería a la patria, que moriría atropellado en el cemento muy lejos de sus verdes valles cajamarquinos, añadió: “A mí me tienen que firmar doce generales un permiso expreso de regreso al Perú, porque once firmaron el decreto que me deportó y me quitó la nacionalidad”.

Eudocio Ravines no se equivocó. A los militares colectivistas los sucedió el APRA, luego de un paréntesis en el que, como antaño, no hubo suficiente decisión de cambio.

La tragedia del Perú continuó en manos del APRA, hundiéndonos en el barro de un estatismo torpe, inmaduro, al que podríamos llamar de juguete si no hubiera producido tantos destrozos.

Dije y repito que el Perú se jodió con el gobierno militar en los años setenta; porque fue en esa época que, a la vez que se impulsó la necesaria integración nacional, se escogió como instrumento de desarrollo el colectivismo estatista, modelo que ya la experiencia mundial desaconsejaba y que ha resultado más catastrófico, castrante y negativo que cualquier otro experimento del pasado para la evolución moral, económica y jurídica del Perú. O sea que, justo en el momento en que se iniciaban los pasos para la solución al más hondo problema nacional desde el inicio de República -al problema de la integración humana del Perú-, el gobierno tomó el desastroso camino del colectivismo. De este modo, la inevitable crisis económica estalló en conflicto social y el problema del indio, aunque sufriera algunos cambios, más aparentes que reales, quedó en lo mismo: siguió siendo la gran traba al desarrollo social del Perú. Fue así como se jodió el Perú.

El hecho no ocurrió en un día equis del año 68 o del 70. Los militares que acompañaron a Velasco, igual que éste, no tenían una idea clara de lo que iban a hacer en el gobierno el día que irrumpieron en Palacio y tampoco la tuvieron en los años siguientes. Tardó un tiempo para que fueran dándose cuenta de lo que hacían, aunque nunca llegaron a ponerse de acuerdo en cuanto a las metas finales. No hay, pues, fecha para recordar y lamentar el infortunio.

Tampoco carecía de antecedentes el proceso de integración nacional que la revolución militar puso en marcha. El más reciente había sido justamente la prédica electoral del arquitecto Belaúnde y las primeras jornadas de Cooperación Popular al inicio de su régimen. Bellos instantes de diálogo fecundo, de abrazo fraterno entre peruanos de la ciudad y el campo, que desgraciadamente quedaron truncos, como cometas inconclusas que soñaron inútilmente con volar.

El Perú se jodió con la revolución militar del sesentaiocho porque, ilusamente, creímos encontrar la fuente de la felicidad en el modelo socialista. No se jodió porque en esos años se dieron pasos firmes hacia la integración peruana. No. Acelerar el paso en esa dirección era necesario para que el país fuera adquiriendo, por fin, conciencia de nación, para que los peruanos entendiéramos qué es sentido nacional. Ya que no es posible hablar de nación peruana mientras el indio, el indígena de estas tierras, no se halle incorporado, junto con los demás peruanos, a la actividad del hombre moderno; mientras no lleguemos a entender que la rabulesca eliminación de la palabra indio en el diccionario peruano no elimina -ni siquiera esconde- el problema del indio. Un problema que nos ronda desde comienzos de la República y que siempre se ha pretendido soslayar, enmascarar, olvidar. Por lo pronto, son escasos, se les podría contar con los dedos de una mano, los políticos y pensadores peruanos que han tocado sin temor el problema del indio. Entre esos pocos uno de los más lúcidos, descarnados, es José Carlos Mariátegui, quien no tiembla al hundir el dedo en la llaga cuando dice: “En el Perú, el problema de la unidad es más hondo porque no hay aquí que resolver una pluralidad de tradiciones locales o regionales sino una dualidad de raza, de lengua y de sentimiento, nacida de la invasión y conquista del Perú autóctono por una raza extranjera que no ha conseguido fusionarse con la raza indígena ni eliminarla ni absorberla”.

He aquí el problema magistralmente expuesto. Pero ¿cuál será la solución?, ¿cuál será el destino de estas tierras? Y la respuesta es un dilema: o nos fusionamos civilizadamente, inteligentemente, corrigiendo los desatinos del siglo y medio, o Sendero eliminará salvajemente a medio Perú para levantar sobre los escombros su patria, la de los vencedores. Esta es la hora aterradora que vive el Perú.

Pero ya dije que por mirarle el rostro al problema del indio no se jodió el Perú. Al revés, por no mirarlo, o por despreciar al indio, fue que nos ocurrieron grandes desastres -como la derrota de Yungay-; pero no sigamos con el tema por ahora. Ya habrá espacio más adelante para hablar de la arrogancia, la mezquindad y la estrecha visión limeñas contra el indio Santa Cruz, contra quien planteó establecer un diálogo vital entre la Costa y la Sierra, y así llegar a la fusión, a la integración humana de los distintos Perúes.

El Perú se jodió, repito, cuando optó, en la época de la revolución militar, por el estatismo. Cuando, en lugar de insistir en la unión nacional y ajustar los instrumentos de desarrollo a esa meta superior, optó por el enfrentamiento de clases, por el odio de razas. Se jodió cuando, sin comprensión de la realidad peruana, sin captar las corrientes modernas y sin advertir los desastres que el colectivismo había ya producido en el mundo, los militares revolucionarios, instigados por un grupo de inexpertos intelectuales marxistas, escogieron como modelo el socialista. Sí, socialista, tal como está escrito; aunque en verdad se trató de un sistema ajeno al Perú y desconocedor de sus problemas, nacido de libros y de aventuras juveniles europeas, un socialismo chato, poco inteligente, muy distante de las ideas humanistas, samaritanas, generosas, que dieron origen a esa corriente social. Un socialismo parecidísimo al que, junto a un tenso enfrentamiento racial, quiso imponer el presidente Alan García. Como si sus principales consejeros fueran los mismos jóvenes marxistas que inspiraron los traspiés militares de los años setenta.

Porque los dioses se compadecieron de nosotros en aquellos años de la “revolución militar”, el Perú no llegó a caer en el abismo cubano, aunque sí estuvimos cerca de ello. En el Perú de esos días sólo se pensó en repartir, distribuir, arrebatar. Nadie habló a las masas de producción, de rendimiento, de efectividad, de eficacia, de capacidad; y si alguien lo hacía, nadie daba un centavo por su futuro político. Menos todavía si asociaba la efectividad empresarial a la creatividad, a la imaginación del individuo, a la tenacidad, dedicación y sacrificio del propietario. Aquello tan antiguo que decía: “El ojo del amo engorda al caballo”, que muy bien conocían y aplicaban nuestros abuelos.

Esas ideas desastrosas, basadas en hacer daño al que acumuló ganancias legítimas con trabajo y perseverancia, enraizaron en el Perú y se consagraron como las mejores opciones a seguir.

Todo comenzó con la Reforma Agraria.

No porque no hubiera que hacerla -como que hay que borrar y seguir borrando todo tipo de explotación e injusticia donde éstas se encuentren- sino porque esa reforma se hizo mal y sirvió para no acrecentar el rendimiento del agro sino para activar enconos y revanchas, abusos y tropelías. Los latifundios de la Sierra eran una vergüenza, porque explotaban al campesino y porque eran, además, improductivos. Hoy, la situación en la Sierra no ha variado en cuanto a productividad -los reformistas no se ocuparon de alentar y orientar al campesino- y, si bien han desaparecido los latifundistas, no faltan otros explotadores en su reemplazo.

En la Costa era inaceptable el monopolio del algodón y el azúcar, controlado por tres o cuatro familias. Pero en lugar de dejar la industria en manos privadas y de promover auténticas cooperativas agrarias responsables de su gestión, integradas por trabajadores y técnicos, se optó por el colectivismo; y los frutos de la irresponsabilidad están a la vista. Tampoco se hizo justicia a los medianos y pequeños empresarios del campo -por lo general, ingenieros agrónomos- que habían logrado alcanzar, manteniendo buenas relaciones con sus trabajadores, grandes rendimientos en fundos de cincuenta, cien y ciento cincuenta hectáreas. A éstos jamás debió alcanzarles la reforma. Eran el motor y el futuro de nuestra agricultura.

En pocas palabras, la Reforma Agraria, desgraciadamente, significó no modernización del campo sino repartija de tierras. También hubo despojo de herramientas, maquinarias y casas- habitación. Significó la parálisis de la propiedad agrícola, porque la tierra dejó de ser un bien útil para financiar la actividad agrícola para crecer y prosperar. La tierra sólo sirvió para vegetar en ella.

Con la Reforma Agraria no aumentó la producción; al contrario, bajó y siguió bajando, porque nadie o casi nadie se atrevió a cometer el sacrilegio de ir a contrapelo de los sacrosantos mitos de esos días, como el de la Reforma Agraria, y hasta hoy hay resistencia a corregir los errores que la hacen contraproducente a los intereses del país, empobrecedora de los pobres.

(No faltará quien, al leer estas líneas, se pregunte ¿por qué Oiga no apoyó en todo momento a Fujimori?... Y la interrupción vale para aclarar que esta revista se ha cansado de puntualizar que está de acuerdo con el lineamiento general de la política económica del actual régimen, pero que también, permanentemente, ha rechazado el sectarismo liberal con la misma convicción con que repudia todo fundamentalismo. Para Oiga, las reglas del mercado deben tener excepciones, de acuerdo a la naturaleza de los pueblos y a las circunstancias del momento. Y también Oiga está en desacuerdo con las exageraciones ayatolistas, como la de hacer ilimitada la propiedad de la tierra, ya que esta disposición abre las puertas al latifundismo -que siempre será nefasto- y hará posible, aunque sea en teoría, en extravagante hipótesis, que un jefe árabe despistado o borracho, o un Midas cualquiera, se haga propietario del Perú entero. ¿Por qué no fijar extensiones tan amplias como lo recomienda la técnica y dejar abierta la posibilidad de ampliar esos límites cuando el interés nacional -igual que en las expropiaciones- amerite un acuerdo de ministros para el caso; y evitar así el otro disparate que es poner impuesto a las extensiones mayores, porque eso sería castigar a la eficiencia? ¿Por qué en Europa, que algo nos aventaja en experiencia, muchas cosas no se venden sino se conceden por 99 años?... Y, para completar el paréntesis, para que quede constancia de que la abierta oposición de Oiga al gobierno no es gratuita: Oiga cree que un gobierno no deja de ser dictadura por tener mayoría de votos -ahí están los ejemplos de Hitler y Mussolini- y estima que todo autoritarismo es negación del civilizado estado de derecho al que aspiran todos los pueblos anhelantes de un desarrollo sostenido).

Otro de los instrumentos revolucionarios que con ilusión y sano entusiasmo puso en marcha el gobierno militar fue la Comunidad Laboral. Idea alentada, sin duda, por nobilísimos propósitos y basada en impecable teoría sobre la armonización del hombre con su trabajo. Pero una cosa son los cálculos en el papel y otra la realidad. De allí que lo que se pensó como impulso a la productividad, como sustituto del sindicato, resultó constituyéndose en un añadido a las trabas que desalientan la producción.

Lo mismo podría decirse de la estabilidad laboral. Otra ley con esas buenas intenciones que empiedran el infierno, ya que en lugar de aumentar los puestos de trabajo -que era lo que se pretendía-, éstos fueron disminuyendo. Y, peor aún, esa disposición sirvió para destruir con suma eficacia la disciplina en los centros de trabajo.

Cuando se hicieron “irreversibles” estas disposiciones, muchas de ellas inspiradas en ideas saludables, pero todas contagiadas de resentimiento y mediocridad, a la vez que administradas por holgazanes, fue que se jodió el Perú. Fue entonces que el país comienza a desintegrarse, justo cuando la repartija se hace norma y el socialismo rampante de los cafés latinoamericanos en Europa se hace meta.

Fue un cúmulo de errores que explosionaron de pronto; errores que habíamos ido almacenando desde muy antiguo, desde aquel gran descalabro de Yungay. Porque -hay que decirlo de una vez- lo que se enseña en las escuelas, lo que opina don Jorge Basadre y lo que nos escribe un lector amable sobre Santa Cruz y la Confederación Perú- boliviana es un engaño que encubre, esconde, maquilla la verdad. Una verdad que, por ser muy amarga, no es agradable reconocer. Pero que es verdad.

Nuestro primer gran contratiempo –repito- fue la destrucción de la Confederación. No porque Castilla o Gamarra hubieran sido traidores a la patria, que no lo fueron. Sólo a los peruanos nos satisface repartirnos como volante de circo el título de traidor. Sí fueron unos despistados que no vieron, ni siquiera olfatearon, lo que ocurría bajo los hechos que ellos vivían apasionadamente. Fueron políticos tan torpes que creyeron posible la anexión del Perú por Bolivia. Tremenda equivocación -imperdonable en quienes se estimaban estadistas-, alentada por Chile, país que sí veía un peligro para él -para su expansión- en la Confederación. De allí que se aplicara en ser asilo grato para los refugiados peruanos. Lo que no niega que Castilla fuera más tarde un excelente y patriótico administrador y que los dos (Castilla y Gamarra) fueran valiosísimos soldados -hasta geniales estrategas si se quiere- a los que les corresponden todos los méritos y honores de la derrota que sufrieron en Yungay los confederados del indio Santa Cruz. Al jefe chileno de la expedición, general Bulnes, sólo le correspondió -para desgracia nuestra- la victoria política. Con ello cumplió los planes trazados por Diego Portales, el gran estadista chileno que halagó y amparó a los deportados peruanos que encabezaron, bajo mando chileno, las dos expediciones restauradoras que culminaron en Yungay. Planes y estrategia detalladamente explicados en la carta de Portales, que reproduce Jorge Basadre, y que en un párrafo dice exactamente: “Va usted, en realidad -le escribe Portales a Blanco Encalada, jefe de la primera expedición-, a conseguir con el triunfo de sus armas la segunda independencia de Chile…. La posición de Chile frente a la Confederación Perú- boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el gobierno porque ello equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y mayor alarma la existencia de dos pueblos confederados y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo”.

Lo que Portales veía con clarísima precisión -también así lo veía desde el campo opuesto Santa Cruz- no lo vieron los díscolos caudillos peruanos, con Castilla a la cabeza; pero, sobre todo, no lo veía la virreinal y engreída Lima, la amodorrada ciudad de la mazamorra y el arroz con leche. Tampoco lo ven nuestros historiadores y algunos de los lectores de Oiga que me han escrito sobre el tema. Sí lo vio Bolívar, quien no quiso un Perú fuerte e hizo del Alto Perú una nación independiente. Y, muchas páginas atrás en la historia, así también lo vio el virrey Manuel Guirior, quien escribió en 1778 cuando se comenzó a hablar de la Audiencia de Charcas y de hacerla -como se hizo- dependencia del virreinato de Buenos Aires: “El reino del Perú, Bajo y Alto, no admite división perpetua”.

Portales, con larga y aguda visión de estadista –él es el padre de la nación chilena-, advierte que es natural la unión de los dos Perúes, que el idioma –el quechua y el aimara- los unifica, que habrá con el tiempo una ligazón inseparable con Lima capital, que la Sierra y la Costa -con paridad en el diálogo- unirán capacidades y recursos. Adivina él, chileno, lo que pudo ser este país y no fue -por obra de él, en parte-, mientras que los peruanos seguimos sin captar, sin sentir el problema del indio, queriéndolo eliminar, borrando la palabra indio del diccionario. O entendiéndolo mal, soberbiamente, con desprecio, como lo entendía la frívola Lima de los años de la Confederación; la Lima que se rendía a los pies de Salaverry y Vivanco porque eran blancos, altaneros y poco sagaces; la Lima que detestó en Santa Cruz al indio. Así lo decían sus coplas:

“Que este Alejandro huanaco
extienda hasta el Juanambú
sus aspiraciones viejas.
¿Por quí, humbre, el Bolivia dejas?
¿Por quí boscas la Pirú?.”



Fuente: EDITORIAL PERIODISTICA OIGA S.A - Archivo Revista Oiga